
Consagrar tu matrimonio requiere compartir un mismo discurso.
«… Prometo serte fiel
en lo próspero y en lo adverso,
en la salud y en la enfermedad,
y amarte y respetarte
todos los días de mi vida»
Uno no dimensiona la magnitud y el nivel de compromiso de estas palabras en ése mágico inicio.
Este conjunto de letras dichas en voz alta, para tu pareja, bajo un Dios, un sacerdote y al frente de tu familia, amigos; marca en tu cerebro que esto que dices es importante, valioso, oro. Estas palabras tienen ésa función, quedarse en tu mente; como huellas grabadas, fosilizadas en hueso pero vivas y latentes que te van a acompañar en tu camino en pareja.
O al menos eso debería suceder en cualquier matrimonio consensuado.
Acompañar a tu pareja en la tempestad es difícil, doloroso y cansado. Un reto que no cualquiera soporta y no cualquiera estará a la altura de ése discurso compartido. Más complicado aún, si ambos están lidiando con torbellinos y aguas necias e impasibles. Todo se vuelve más difícil, ¿cómo ayudas a una persona que se ahoga si a ti también te falta el aire?
Navegar la desventura requiere un nivel de amor, de fuerza emocional y física, para poderlo lograr. Salvar a uno, para después salvar al otro. Salvarse a diferentes ritmos. Yo diría que esto es pieza clave para superar el naufragio compartido.
A éste matrimonio, le tocó la adversidad de tres abortos.
Mi maternidad ha sido todo un viaje. Por consiguiente, la paternidad de mi esposo ha sido igual. Un embarazo exitoso versus 3 abortos desgarradores, han sido momentos de pura oscuridad y de inmenso dolor.
Abortos que nada deseados aparecieron, con fuerza y sin anuncio. Abortos que me han dejado hundida y triturada, sin poder pensar en nada más que en la negrura del rededor; la tiniebla de mi pensamiento.
Y justo ahí es donde entra mi luz, la otra parte de mi alma.
En esos momentos, se te olvida que cuando tu maternidad nace, también nace su paternidad.
Se te olvida que si tú sufres ésa pérdida, él también la sufre.
Se te olvida que no sólo es tu hijo el que no nació, también es el suyo.
Sin darme cuenta, durante todo el proceso me dejó a mí ser la sufriente, la del dolor, la que se dejaba hundir en la oscuridad de la pérdida de una madre; me dejó ser la primera en adolecer para que fuera la primera en salir, en recuperarme, en ver la claridad. Y una vez fuera, él poder hundirse y confrontar su tormenta que dejó en pausa, una tempestad que no se iría, que sólo logro detener un momento y se obligó a no verla ni sentirla, para poder estar para mí.
Sé que se forzó a hacerlo, por puro amor; por que su corazón estaba igual de aniquilado que el mío. El mismo revuelo, el mismo golpe, la misma destrucción. Doliendo a diferente ritmo.
Sin darme cuenta, mi esposo me tenía firmemente detenida. Yo buscaba la orilla en este mar abismal de dolor de madre, sin reconocer su figura al lado mío. El ancla que detiene el navío.
Y justo cuando parece que no me ahogo más, que mis aguas se apaciguan, lo observo de cerca
“Amor, ¿tú cómo estás?”
En este momento me doy cuenta que él debía volver a su tormento pausado, que sería a su manera y que yo estaría ahí a su lado. Así confirmé nuevamente que es el hombre al que quiero a mi lado para siempre. Que ése discurso de promesas en nuestro mágico inicio estaba ahí grabado, en él y en mí. En la misma alma. En nuestro matrimonio.
Personalmente no quisiera vivir más tempestades, pero si el destino nos las presenta y es necesario para trascender; aquí estaremos, juntos; agarrados de la mano con fuerza para salir, para recuperarnos, para salvarnos. Dispuesta a hacerlo a diferente ritmo, a pausar mi negrura para verlo en claridad, tal como él hizo conmigo.
Estaremos bien.




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