El ruido de los objetos.

Me desperté con el tintineo de los hielos dentro del vaso de cristal, ese que dejaste a mi lado antes de dormir, el mismo que dejas todas las noches como una costumbre para conciliar el sueño. No me molestó, el que me despertaras con empujones bruscos de tu mano temblorosa buscando a tientas el buró sobre el que estoy. Me preocupé. Cada vez más seguido despertabas a la mitad de la noche con ese mismo ajetreo, te sentabas sobre el borde de la cama, medio dormida y medio despierta, como te he visto existir los últimos años.

Veo tu mirada vidriosa deambulando entre las sombras, buscando algo conocido, algo amado, algo que te devuelva el aliento entre la angustia. Tus ojos siguen siendo tan bonitos, no han perdido el color verde que tanto nos gustaba a él y a mí, solo que, ahora, en vez de mirar con atención y maravilla, lo hacen con inseguridad y desconcierto. El corazón se me arruga de verte con la impaciencia apoderándose de tu cuerpo. Sientes su lado de la cama, quieres encontrar el cuerpo de él, su calor, su piel, pero no hay nada. Tus manos se detienen, tus ojos se llenan de lágrimas, te acabas de dar cuenta que estás sola.

Uno, dos, tres…comienzo a contar, rogando que antes de los quince segundos… cuatro, cinco, seis…la paz de tu olvido nuble tu confusión alerta, no quiero que sufras estos abismos tu sola, de noche, no es justo. Siete, ocho, nueve… te paras de la cama con trabajo, poniendo una mano muy cerca de mí para apoyarte sobre el buró. El vaso se mueve y los hielos vuelven a campanear, diez, once… das un paso y vuelves a detenerte, volteas hacia la cama como si pudieras ver el calor que dejó tu cuerpo entre las sábanas. Doce, trece… sonríes, así de golpe. El verde en tus ojos se torna dorado, como la miel, una transmutación innata que solo una de tus nietas ha heredado y que, a él, lo mantuvo siempre cautivo, enamorado. Vuelves al borde del colchón, con menos trabajo que el que te costó salir, te metes entre las sábanas aún cálidas de tu propio cuerpo, seguro piensas que es el de él, que no tarda en regresar de su tradicional ida al baño de madrugada. Suspiras, te acurrucas, catorce, quince… tu respiración tranquila vuelve a apaciguarme el corazón, el mismo que tanto se altera cuando te veo perderte en tu propia mente.

Nadie se dio cuenta, ni él, ni tú, ni ella que duerme abrazada a una almohada y con la pierna fuera de la cama justo al lado de la tuya. Tal vez fue mejor así, algunas veces, tus lagunas mentales se vuelven más sombrías cuando les sumas la tristeza de tu hija, que intenta ayudarte a regresar a la cama con mentiras, diciéndote que él no tarda en regresar, quiere ocultarte que ya murió, que ella te cuida desde entonces y que le tiene miedo a tu mente que corre a refugiarse a donde sea que él haya ido. No la puedo culpar, yo también entro en pánico al verte entre ríos negros de olvidos que te hacen llorar, que te vuelven inestable, frágil e incierta, como una astilla de la madera de roble que es tu cuerpo y que alguna vez lo fue tu mente.

Quisiera poder hablar con tu hija, confesarle que estás comenzando a deambular sola por la noche y que estos episodios de negrura se han vuelto habituales, pero no puedo, no podría. Una bolsa de maquillaje parlante no es algo normal, la espantaría, se volvería loca y eso no necesitas tú en este momento, nadie desearía que la cuide una loca de cuarenta y tantos que cree que las bolsas hablan.

Con los primeros rayitos del sol filtrados por la persiana, que no cierra bien, ella despierta, se levanta, se estira y se asoma a verte. Sigues dormida, te da un beso en la frente y sale del cuarto con el sigilo de una mariposa. Te ama, lo sé, y aunque tus recuerdos de cuando era una pequeña bola caliente y llorona se hayan borrado, sé que tú también la amas, pero eso a ella no le importa, ni a mí, no nos importa que olvides momentos con nosotras, porque lo que de verdad importa es que no te pierdas tú por completo en el abismo.

Fui un regalo de tu madre, el día de tu boda, entre risas y lágrimas de alegría, ambas guardaron en mí las primeras piezas de maquillaje para que llevaras contigo a tu nueva casa, el nuevo hogar, con tu marido, el muchacho enamorado que tanto hablaba de tus ojos color avellana y miel. Tenías apenas dieciséis años, y yo, yo solo unos meses de haber sido fabricada. ¿Quién diría que seguiríamos juntas después de tantos aniversarios, hijos, nietos y hasta bisnietos?

Ella regresó y tendió su cama, tan prolija como siempre le enseñaste. Cepilló su pelo de las puntas hasta la raíz, como le recalcabas debía hacerse. Se maquilló en menos de un minuto, algo que de seguro tú desaprobarías, tú, la mujer que tornaba el asunto del maquillaje en una especie de ceremonia consigo misma. Mirarte en el espejo, preparar tu piel, resaltar tus pómulos, tus labios y las largas pestañas de aguacero que tanto te hacían enojar cuando el enchinador no las lograba domar.

Despertaste en silencio, te sentaste en el borde de la cama y ella te saludó con besos en las mejillas. Sus brazos rodearon tu cuerpo, te ayudó a pararte de la cama, tu cara inexpresiva se le coló en el corazón y los ojos le brillaron por esconder sus lágrimas, ella sabía que cuando despertabas impasible, no habría retazos de la madre que conocía y extrañaba en todo el día. Volvieron después de un rato, el eterno ritual de llevarte a bañar, secarte y hablarte con el cariño en las palabras para sacarte alguna frase que le hiciera reconocerte como antes. Por su cara supe que no había logrado ningún avance.

Te ayudó a sentarte frente a mí, con una silla bien pegada al buró para que pudiéramos vernos en el espejo, juntas, listas. Es nuestro momento, nuestra intimidad, ella lo entiende y te deja conmigo porque sabe cuánto odias que nos apresuren. Con un destello en la mirada, me tomas con tus manos lechosas, repletas de venas azuladas que se abren camino hasta tus dedos, enmarcando las uñas rojas bien pintadas que tanto te empeñas en tener. Abres mi cierre con cuidado y vas sacando de uno por uno los productos que tengo dentro, sonríes y te devuelvo el gesto aunque no lo notes. Aquí es cuando yo te reconozco, en nuestro ritual, donde nos veo a través del tiempo, tú y yo, decididas a resaltar lo que haya que resaltar y disimular, lo que haya que disimular. Como quisiera abrazarte, rodearte como ella hace todo el tiempo, hablarte con el amor que tanto te tenemos esperando estos chispazos de lo que un día fuimos juntas.

Ella nos observa, desde su rincón sigiloso en el que le gusta esperarnos para después volver a tomar el control de tus actividades. Aún tiene los ojos vidriosos y me invade la pena, pienso por un segundo en sacrificar parte de nuestro momento juntas para regalárselo a ella, que siempre ruega por estos chispazos que yo tengo contigo. Suspiro, sé que si estuvieras un poco más consciente, te encantaría conectar con ella como antes, reconocerla, hablarle, maldita sea, está bien.

Le abro paso hasta la superficie al labial rojo casi nuevo que está dentro de mí, el que usaste solo una vez cuando ella te lo regaló y te encantó, pero que después olvidaste y dejaste en mi fondo. Con calma espero que lo veas, que recuerdes, aunque sea un momento a tu hija, que le regales un poco de la atención que tanto me concedes a mí.

Tus ojos dorados ven el labial, la cara se te ilumina, una lágrima se me escapa y me resigno a dar por terminado el ritual contigo.

–Hija, ¡mira!, el labial que me regalaste. –dices con tanta naturalidad rompiendo el silencio de la habitación.

–¡Sí! Mamá, yo te lo compré en la plaza, ¿te acordaste?

–Claro, me encanta, seguro a tu papá también le gustará.

–Seguro.

–¿Quieres ponértelo tú también? Te quedaría mono, además, aún no terminas de maquillarte ¿verdad? Acuérdate que iremos con el doctor, no quiero que te vea así toda pálida.

–Sí, tienes razón mamá… –sonrió.– Mamacita, te amo muchísimo, ¿lo sabes?

–Claro que sí hija, yo también te amo. Ahora ven a ponértelo porque luego se te olvida.

Con una narración visceral y poética, ‘Después de los anhelos rotos’ retrata la lucha mental entre la culpa, el amor, la autoexigencia y la soledad que viven miles de mujeres al buscar la maternidad y no lograrlo. Una historia que abre un tema que, tanto para los expertos en salud, como para la sociedad en general, nos incomoda hablar: las pérdidas gestacionales y los estragos silenciosos que estas dejan en su camino.

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