
¿Cuántas emociones pueden albergar los planos, tabiques, yeso, tuberías, madera y pisos de una casa en construcción?
Sin mentir, te puedo decir que este proyecto alberga mi corazón entero, el de mi esposo y sin duda el de mis hijos. Aún sin terminar y con algunos detalles por finalizar, esta casa nos ha transmutado y ha sido albergue de nuestros intensos deseos y nuestros desconsuelos más paralizantes. Y a eso, sin duda, se le puede llamar hogar.
Sin pensarlo, esta construcción ya es nuestro refugio de confianza, el lugar ideal para platicar y reír y llorar e ilusionarnos y fantasear y pensar en todo lo que hacemos y haremos.
Esta casa ya es nuestro hogar, y aún no la hemos habitado.
Cada semana que pasa la vemos crecer, cambiar y transformarse a lo que nos imaginábamos desde el inicio. Los metros cuadrados, los espacios organizados, los centímetros exactos, las plantas, las piedras, las ventanas, la luz artificial y la luz natural que entrará por los domos, todo lo que la conforma lo hemos visto materializarse y formar caricias en nuestro corazón.
Caricias y pinchazos, agregaría yo.
Un jardín bien cuidado, con un árbol, sí un árbol, ventanales grandes para sentir más espacio, ¡sí! y sin muros que dividan la estancia principal, una cocina donde pueda ver hacia el jardín y hacia la sala para no perderme la convivencia mientras cocino, ¡ah! y la doble altura para los candiles, para que luzcan ¡que bonito, sí me late!, una habitación principal con baño amplio y dos lavamanos ¡me encanta! y dos habitaciones más, sí. Dos habitaciones para los niños. Los niños.
Plural.
Pinchazo.
Si te contara todo lo que imaginé en ésa casa mientras estaba en obra negra, tardaría horas en explicarte cada detalle. Cada juego de hermanos que inventé, cada desvelada que pasaría para ir a los cuartos de los niños, cómo le haría para tenerlos entretenidos en la sala o el jardín mientras cocino, dónde me pensé poniendo el porta bebé, qué manijas necesitamos para no hacer ruido al abrirla y poder entrar a darles un beso a cada uno, cada uno, a Leito y al bebé, los dos en su propio cuarto.
Ya puedes darte una idea.
Después de perder a nuestro bebé, no fue fácil visitar la casa. No podíamos evitar pensar «Aquí iba a ser el cuarto del bebé» No podíamos dejar de sentir un hueco en el estómago cuando cualquiera decía en voz alta:
«… los cuartos de los niños»
«… un barandal para los niños»
«… los escritorios de los niños»
«… espacio para los niños»
Los niños.
Mi esposo y yo estamos muy conectados, sabíamos perfectamente lo que nos dolía a cada uno cuando se mencionaba, cuando se nos salía incluso a nosotros mismos decir sin pensar «el cuarto de los ni… el cuarto de visitas y el cuarto de Leo»
Dolía.
Y sin embargo, la casa seguía, y seguía transformándose y nos seguía refugiando. Seguía a pesar de lo que doliera ver los espacios que en algún momento imaginamos y que ahora no serían. Seguía levantándose para albergarnos, esperando a que volviéramos a verla con la misma ilusión que al principio, paciente, fuerte, inquebrantable para nosotros. Nos esperaba.
Nos esperaba y nos robaba también. Construir una casa es un proyecto demandante, que requiere atención precisa sobre esto y aquello, sobre vidrios y granitos, sobre madera y aluminio, requiere que la vean. Alguien tenía qué hacerlo, y ése alguien es mi esposo, concentrado en proveernos un hogar, en materializar nuestra ilusión se decidió a darle lo que necesitara para verla hecha, entera. Y nos robó, nos robó a mí y a Leito una parte de la mente de mi esposo. Nos robaba su energía y tiempo. La casa nos robaba.
Sin prestar mucha atención, vimos cómo las piezas iban acomodándose en el intrincado rompecabezas de nuestras dolencias y robos. Volvimos a reír, volvimos a ilusionarnos, volvimos a prestarle la atención que requería, los tres juntos. Sanamos.
Y la casa nos vió, convertidos en versiones más elevadas que con las que nos conoció. La casa nos volvió a acariciar el corazón.
Sin duda, todos los pesos que ha costado construir esta casa por siempre nos van a quedar cortos, para todo el sentimiento que alberga. Cada rinconcito, cada detalle, cada centímetro y cada piedra tiene plasmada una versión de nosotros que como familia hemos vivido en estos complicados meses en construcción.
Esta casa no es sólo una casa, es nuestro abrigo, nuestro llanto, nuestro amor, nuestra ilusión, nuestra transformación, nuestra, nuestra al final.
La casa que aún no habitamos, pero que ya es nuestro hogar.





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