
¿Sabías que el proceso de sanación de un duelo no es lineal? Yo no lo sabía.
Tal vez demasiado Hollywood se había implantado en mi cabeza, que creía que un duelo tiene diferentes etapas; enumeradas: 1. Negación, 2. Ira, 3. Depresión, 4.Negociación, 5. Aceptación. Un camino. Pasos. Salida.
Resulta que no es un camino recto, no son pasos que sigues y te llevan directo a la salida. Estas «etapas» son piezas realmente; piezas de un confuso rompecabezas donde hay varias iguales, donde puede ser que un día armes una parte ‘de jalón’ y al día siguiente no puedas más que poner una en su lugar. No hay orden, no hay ritmo, sólo piezas de: negación, de ira, de depresión, de negociación y de aceptación.
Piezas.
Recuerdo que al principio tenía miedo de siquiera abrir el rompecabezas. Sabía que iba a una parte muy oscura y no sabía si estaba lista. Un día sin pensarlo demasiado, hice la cita con la terapeuta; lo decidí después de que mi hijo de 2 años me preguntara dónde estaba el bebé de mi panza. Si él necesitaba su duelo, yo debía estar fuerte para él. Cita agendada.
En esos días pensé que con algunas citas de mucha plática y lágrimas, iba a bastar para terminar de tajo el camino de mi duelo. «Ya pasé la negación, hoy me toca la ira y mañana la depresión. Ándale Rocío, crúzalo rápido, corre el duelo, arráncate el curita de jalón» No era posible, no es así.
El duelo es muy doloroso porque no tiene un orden, no hay planeación, no pasas un día y después el otro, no hay forma de prepararte, ni de blindarte, ni de hacer el golpe más suave. El duelo se vive en desorden, en caos, en remolino; se vive al momento. Estando en duelo cualquier mínimo gesto, olor, movimiento o palabra puede ser detonante para cualquiera de las piezas de tu rompecabezas. En mi caso, el camino de regreso de la escuelita de mi hijo hacia el departamento, era de las partes más dolorosas de mi día.
Envuelta en la rutina, en el reloj y preparación de Leo para irse a la escuela, la mañana no era tan diferente. Levántate, prepara desayuno, lunch, vístanse para salir, canta en el camino hacia la escuela, da la bendición, dale un beso, te veo a la salida. Subirme de nuevo al carro era un acto de fuerza física y emocional, porque al subirme recordaba que estaba sola, ya no había bebé para hablarle en el camino, ya no podía cantarle las canciones que le dediqué por 13 semanas que estuvo conmigo, ya no había nada creciendo en mi vientre, estaba vacía, incompleta; y ese camino de regreso siempre me lo recordaba. Por 13 semanas me había imaginado voltear al retrovisor y ver dos sillitas de carro en lugar de una, por 13 semanas imaginé la rutina de llevar al bebé conmigo para dejar a su hermano en la escuela, por 13 semanas imaginé una realidad que ya no iba a ser, y dolía, dolía demasiado.
El camino de regreso era mi detonante todos los días. Cada vez agarraba una pieza distinta al subirme al carro: depresión, ira, negación, ira, ira, depresión, negación… era una sorpresa con lo que me iba a encontrar al momento en que abría la puerta. Lo platiqué con mi psicóloga, y me dio el mejor consejo para esta situación «Vívelo. Cualquier emoción que te toque, vívela. Pero suéltala después.» Así que eso hice, algunos días (muchos) lloraba de regreso, otros días no paraba de maldecir (y llorar también), en otros lanzaba preguntas al aire, y otros días … sonreí y agradecí ( y lloré también).
Quisiera dejarte pensando que si algún día estás en duelo ya hay un camino trazado para hacerlo menos doloroso; quisiera contarte lo bueno, decirte que no va a doler tanto, quisiera darte este plan que funciona y decirte que estarás bien en 34 días. Pero no, no te puedo decir eso; vivir un duelo significa literalmente eso, vivir; dejar que te absorba, que te lastime, porque entre muchos de esos días desoladores y asfixiantes, va a haber uno en el que vas a poder sonreír y agradecer; y como por ley de atracción, esos días se van a volver cada vez más seguidos; aunque no en orden, ni en una cantidad exacta de tiempo. Pero van a estar ahí, para dejarte respirar un poquito mejor.
Hasta el día de hoy, después de 254 días desde que comencé, puedo decirte que aún tengo momentos donde agarro una pieza que me duele, pero ya no me duele tanto, ni por mucho tiempo, sólo pica y se va.
Mi cabeza, mi cuerpo y mi corazón aprendieron a vivir la emoción y soltarla, ya lo puedo hacer sin pensarlo. Creo que ahí esta la clave para que el duelo llegue a sanar, aunque no sea para siempre; porque eso sí, el duelo te va a dejar la cicatriz, pero no el dolor.




Deja un comentario