Creí que escuchar la omilía del Padre sería lo más duro del día, pero me equivoqué. La aflicción y el desmoronamiento se lo cargaron junto con tu ataúd hasta el atrio, tomándome por sorpresa que se apelmasara tu muerte en mi pecho con tanta fuerza si no te conocía, al menos no en persona. Algunas veces escuché que mi marido te mencionaba como Carlitos, el hijo mayor de su primo que más que primo, era hermano, aquel con el que pasó las tardes del fin de semana de sus años de infancia jugando en la tierra, correteando gallinas y organizando carreras de patinetas cuesta abajo que les valieron una cicatriz a los dos en la frente. El primo que se quedó a formar su familia en el pueblo y que de vez en cuando hablaba para preguntar por todos y contarnos cómo estaban ellos, el primo que tanto quería mi marido, ahora cargaba el luto inhumano e injusto de un padre que pierde a su hijo de tan solo 13 años y que debía montar guardia de su ataúd para cargarlo hasta el panteón. Hasta aquí no había llorado, no porque no quisiera Carlitos, no me malentiendas, sino para guardar el respeto del llanto a las personas que sí te conocieron, que te amaron y te abrazaron, que te vieron crecer y rieron contigo, a tu familia, tus amigos, tus vecinos, tus papás. Yo debía serenarme, dejarles el espacio para despedirte aunque hubiera algo dentro de mí empujándome a unirme en la congoja, algo que no entendía el por qué de su insistencia en llorar y desmoronarme aquí y ahora, junto con ellos.
–Voy a acercarme con mi primo para ayudarle con la caja, ¿estás bien aquí?– preguntó mi esposo.
Asentí.
Él se fue a buscar a tu papá y yo me quedé atrás. La caravana de afligidos comenzó la caminata, invadiendo la calle y limitando el transitar de los autos, íbamos a un ritmo lento y pesado que agradecí porque me permitió limpiar mi nariz del olor a incienso concentrado de la Iglesia. Me sobresaltó el sonido enérgico de las trompetas del mariachi que comenzaron a tocar mientras andábamos. Te vas ángel mío, ya vas a partir, dejando mi alma herida, y un corazón a sufrir. Cantan. Una maraña espesa me trepa hasta la garganta, rogándome que la suelte con un quejido. Me la trago. No me toca llorar. Te vas y me dejas un inmenso dolor, recuerdo inolvidable me ha quedado de tu amor. De nuevo la maraña trepando, rogando inquieta debajo de mi garganta. Gracias al mariachi y sus palabras entonadas, entiendo de pronto la insistencia de mi cuerpo en soltarse al llanto, al quejido y al derrumbe, el dolor rechazado convertido en maraña impaciente.
Necesito pensar en otra cosa, dejar de escuchar la canción, alejarme de este camino empedrado repleto de cabezas gachas y huecos en el pecho.¿Cuánto se hará caminando de aquí al panteón? Volteo al frente para calcular el tiempo y veo, entre los cuerpos meciéndose, tu féretro de madera brillante, reflejando sobre su tapa los cables de luz y el cielo despejado. Veo a tu papá cargando con firmeza el lado izquierdo, mi marido le ayuda cargando la parte de atrás y creo que es tu abuelo el que va al frente, no le alcanzo a ver bien la cara, además de que solo lo conozco en fotos. Una señora va a tu lado derecho, acariciando los bordes de la brillante madera como si estuviera tocando a un bebé. Un bebé. El dolor se me aglutina de nuevo y esta vez no puedo tragarlo tan fácilmente. Sé de inmediato que esa mujer es tu madre, y ahora no puedo apartar la vista, como si mi cuerpo exigiera observarla a detalle, reconocer sus gestos de desconsuelo y pena, la pena de una madre. Va caminando con la cara pálida y la quijada tensa, sus ojos clavados en la tapa de tu caja, no ve al frente, parece que no le importa, es como si quisiera asegurarse de que estás tranquilo ahí dentro de tu caja.
Aparto la mirada con esfuerzo, no quiero incluirme en esta tortura que está buscando cualquier hueco para partirme en dos. Volteo hacia abajo, mis botas negras pisando las piedras, las hojas secas y los bichos que ya han aplastado los demás.
De tajo, la muchedumbre se detiene, levanto la vista y veo la enorme entrada del panteón. Somos muchos, así que debemos prensarnos para poder entrar por la puerta de barrotes blancos terminados en puntas doradas. Nadie empuja ni avienta, parece que todos han ensayado este ritual antes. El río de taciturnos me lleva entre las tumbas, algunas con fotos, otras con flores, algunas que parecen museos y otras que sólo son piedras con cruces, pero todas con la inscripción del nombre y fecha, un inicio y un final, una historia que termina en el subsuelo.
Sin darme cuenta y guiada por la multitud, he llegado casi al frente, si camino tres pasos podría asomarme a donde estarás guardado para siempre Carlitos y el gentío que te acompaña no me deja moverme de lugar. La maraña me trepa y me ruega de nuevo, que la deje salir, que abra la boca y sienta el dolor de tu muerte uniéndose al dolor que habita en mi cuerpo y que he estado ignorando. Presiento que todos saben que soy la única que se ha forzado en no llorar, en no sentir, que he estado huyendo de ser trinchada por el sufrimiento y me empujan a dejarlo entrar.
Tus padres se toman de la mano, juntos abren la tapa con cuidado y se sueltan en llanto. Esta vez los veo de frente, sin posibilidad de distraerme, ni en el camino empedrado ni en bichos aplastados que me ayuden a respirar, tus padres Carlitos, tus padres susurrándote su amor. Tu mamá acaricia el vidrio que la separa de ti por centímetros, se empeña en seguir tocando lo que sea que te contenga, que tenga una parte de ti. Algunas de sus lágrimas comienzan a estancarse sobre el cristal y sus manos las limpian con calma, como si fuera tu piel la que recibió las gotas, y es que ella nunca dejará de ser tu madre, nunca dejará de serlo aunque estés dentro de una caja, aunque ya no respires, aunque ya no estés.
El dolor por fin se abre paso y abro la boca, soltando el lamento que me acompañaba desde hace días, semanas. La pena de tu muerte se mezcla en mi cuerpo y ya no puedo hacer nada más que sentirlo. Carlitos, sé que sonaré egoísta, pero quiero pensar que podrás entenderme. Yo también perdí un hijo, uno que no vivió hasta los trece años como tú, no, pero sí vivió, en mí, tan solo unas semanas y después murió, sin conocer el mundo, sin conocer mis brazos ni mis besos y nadie nos acompañó, no hubo funeral como el tuyo, no hubo una caja, ni un mariachi, ni una caravana para decirle adiós, nadie supo que estaba embarazada y que después, ya no.
Varios niños se amontonan frente a mí, llevan globos blancos en las manos y observan cómo vas hundiéndote en la tierra. Mis lágrimas ya no paran, suelto gemidos igual que todos, sorbo los mocos, me limpio las mejillas en vano y trago saliva, soy parte de este calvario Carlitos y no sé cómo se puede seguir después de esto. Veo a tu madre de nuevo, serena, silenciosa, cruza los brazos abrazándose el cuerpo, ya no llora, no se aflige, su cara lastimosa se ha ido y ahora un temple de calma la habita. Ella voltea hacia los niños frente a mí, respira hondo y les sonríe. Los pequeños, atentos a su mirada, sueltan los globos que se elevan sobre nuestras cabezas, sobre las tumbas y sobre los árboles, dejándonos abajo y ellos concentrados en partir. Tu madre voltea al cielo con una paz que le envidio, pero creo entender de dónde salió. Cierro los ojos y respiro hondo. Intentando imitar a tu madre, volteo al cielo y clavo la mirada en uno de los globos, en el más pequeño, el que va más lejos. Ése será el mío, ése eres tú, mi bebé, ahora entiendo que por siempre seré tu inicio, por siempre seré tu final, seré tu casa y tu tumba, tu vida y tu muerte, por siempre seré la única que recuerde tu breve historia, por siempre seré tu mamá.




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