Dentro de su cocina, su cuerpo se vuelve ágil. Abre y cierra gabinetes, huele, palpa y ordena los tomates, el jitomate, los chiles y el ajo. No titubea ni se desconcentra, en esta cocina ella sabe evaporar sus años junto con el agua de la cazuela que ya puso a hervir sobre la estufa.
“En lo que están los tomates, voy a ir asando los chiles, una volteadita nomás.”
Esta receta se le convirtió en un proceso de intuición, de acciones coordinadas que recrea de forma natural como si de respirar se tratara.
No se acuerda del momento exacto en que esta salsa se volvió tan imprescindible en su familia, no sabe si fue ella la que lo provocó o si los demás fueron los culpables de atesorarla, de cualquier forma no importa el cómo, sino el por qué, y es que al prepararla un saborcito de orgullo y trascendencia se le queda pegado en el paladar, y a sus años, ese es un deleite necesario.
Mientras prepara la salsa —por quién sabe cuánta vez en su vida—, le llegan recuerdos espontáneos de este mejunje histórico. Cuando se enseñó por primera vez a cocinarla forzándose a crear su propio sazón, o cuando sus hijos aún le llegaban a la cintura y se sentaban a comer después de la escuela o de jugar en la calle y que con sus manos a medio lavar, se turnaban el traste salsero. Recuerda incluso cuando las nueras intentaron recrearla en sus propias casas, y que a pesar de pasarles la receta con santo y seña, jamás les quedó igual; y ahí, el saborcito a orgullo le humedece la boca. Ahora, que la prepara de manera especial incluyendo a sus nietas, porque a pesar de estar casadas no le saben mucho a las faenas de la cocina y le piden esta exquisitez cada que se pueda, le vienen a la mente las voces de esas niñas pequeñas que en unas vacaciones en Manzanillo le rogaron por primera vez llevar su icónica salsa para acompañar las quesadillas del desayuno. Se le suelta una risa tierna y burlona de recordar todo aquello, hasta que la intuición la detiene para volver a lo que estaba…
“Ya nomás le va a faltar la sal para que le dé el sabor.”
Ahí mismo, la satisfacción de casi dar por terminado su labor salsero, el sentimiento se le licúa dentro fusionando la nostalgia de los recuerdos, el amor y el gozo nato de su corazón, creando una mezcla que se le desprende por entre las manos y que al echarle los puños de sal, se tritura todo junto. Uno, dos, tres puños; uno, dos, tres, cien recuerdos. En ese instante, la salsa deja de ser condimento y se vuelve tesoro familiar.
Después de licuar, probar y volver a licuar un poquito más, va vaciando las cantidades del encargo que ella misma se hizo. Medio litro para su casa, dos medios para las nueras, una que viene mañana y otra que se la llevará al rato, y un litrito más para sus nietas, que ahí se repartan entre ellas, porque los botes de medio se le acabaron.
Cómo buena mexicana que se respeta, ella sabe que las salsas son lo que le da vida a cualquier platillo, que tiene la capacidad de disminuir y hasta ocultar sabores de tu lengua y sus papilas; pero de lo que no se ha dado cuenta, es que esos tres puños de sal, cargados con sus propias vivencias y triturados junto con tomates hervidos y chiles asados, son la verdadera riqueza que su familia no deja de adorar.
Sus historias, anécdotas y ocurrencias son lo que le da el verdadero sabor a esta salsa.
Y tal vez, un poquito sí, los tres puños de sal.




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