El árbol de navidad

Dormir dentro de una caja de cartón no es tan malo como podrías pensar, en mi caso lo encuentro reconfortante; y cómo no, si ceñido en un espacio tan angosto, con las ramas bien apelmazadas y contraídas, me da la sensación de estar abrazado, contenido, resguardado. Imposible no caer directo a un sueño profundo y solo despertar hasta que, meses después, mi familia abre el pacífico sepulcro para despabilarme el espíritu entre risas y canciones animadas, logrando drenarme el sueño y llenarme de curiosidad y capricho por saber todo lo que ha sucedido desde nuestra pasada Navidad.

Este año, sin perder costumbre, se me escapa un suspiro con tanta realidad recibiéndome de golpe. La esencia de la mujer es la misma, pero hay algo distinto. No solo es nuevo el destello de tres canas blanquecinas y delgaditas asomando entre su pelo castaño, también le noto una mirada bastante más brillosa y profunda. Sus manos abren mis ramas con mayor cuidado que el año anterior, y se le mezcla una ternura delicada que no entiendo bien de dónde sacó. El niño está aquí también, más enérgico y participativo que antes, ahora siguiendo el ejemplo de la madre que le explica cómo debe tocar mis ramas y esponjarme con delicadeza, algo que me sorprende pueda hacer este año con tanto tino. Entre los dos me van acomodando el cuerpo entumido y me alzan sobre la base de siempre, con los tornillos de siempre, y me colocan en la esquina ya habitual desde donde los observo y admiro por unas semanas en su vida, antes de volver a ser guardado en mi caja de sueños.

Cuando terminan de colocarme los adornos; que son obligatorios para poder sentirme despierto por completo, el niño y su madre me observan con una sonrisa de orgullo, se felicitan y yo me expando y estiro lo más que puedo para darles una digna vista de árbol de Navidad. El niño parece celebrar mi victoria emperifollada con movimientos exagerados, un tipo de baile que nos da risa a los tres y soltamos la carcajada. Entre el alboroto, escucho un sonido desconocido colándose curioso, una risa dulce y delicada que viene con eco bajando por la escalera. 

Reconozco al instante al hombre, que aparece con la misma mirada fuerte de siempre pero con ligeras arrugas asomándole en los ojos y que le provocan un semblante dichoso y sereno, más suave. El cuerpo se me estremece cuando veo a la pequeña bebé que lleva en los brazos, riendo con esa dulzura que escuché antes mientras bajaban, y que ahora replica al ver al niño que ya está haciendo el baile divertido de nuevo frente a ellos.

Una nueva integrante cachetona y risueña, mostrando los dientes que apenas asoman y que entiendo de pronto, a todos les hacía falta. La mujer permanece a mi lado mientras los observa, y le sonrío, con la impresión aún aflorando en mis ramas. Ella voltea a verme con los ojos brillosos llenos de fortuna, se inclina hacia mí y me susurra despacio: 

Se me cumplió mi deseo de Navidad

Antes de poderle responder, la veo alejarse y llegar a recibir a la bebé que ya está dándole los brazos. Y yo me quedo observándolos, desde la misma esquina que el año anterior, con los mismos adornos y los mismos fierros de siempre, pero con un nuevo sentimiento de paz y devoción que me envuelve al ver a esta familia que no deja de sorprenderme.

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