Hoy vengo a escribirte con el corazón lleno de amor, aunque en algunos puntos no lo vaya a parecer; a veces la honestidad duele pero creo que es necesaria para poder sanar nuestra relación. ¿no crees?
Voy a decidir llamarte Dios, porque a mí las modernidades y nuevas generaciones que te llaman «Universo» no me han terminado de entrar en la cabeza con la misma familiaridad con la que llevo llamándote Dios toda mi vida. Hoy eres Dios, y a ti me dirijo con completa sinceridad.
Tú y yo sabemos que la pérdida de mi tercer bebé despertó los duelos no bien procesados de mis primeros dos chiquitos. Un duelo que se junta con dolores anteriores donde no pude decirte todo lo que quise, donde no entendí muy bien lo que pasó, ni el por qué, solamente lo acepté sin comprender ¿no es eso lo que se debe hacer en nuestra religión? Pero esta vez no quiero quedarme callada y dócil contigo, creo que decirte todo se ha vuelto necesario para mí, para mis bebés, y sobre todo para la relación que tenemos tú y yo.
El día que todo sucedió solamente me limité a decirte «¿De verdad me estás haciendo pasar por esto, otra vez?» el resto del día después del ultrasonido me enfoqué en mi esposo y mi hijo, sorteando todo el itinerario para poder llegar al hospital e iniciar el proceso de desprenderme de mi bebé, no me dio tiempo, ni deseos de decirte más. Días después me di cuenta que me había quedado muda contigo, completo silencio; un nudo en la garganta completamente consciente porque sabía que si comenzaba a hablarte, nada bonito saldría de ahí y eso sería blasfemar, un pecado, ¿no? Pero oye, ¿no sería también pecado quitarle la vida a mi bebé? Alto Rocío, no vayas hacia allá, agradece las bendiciones que tienes, agradece que tienes a Leito, tu tercer embarazo se logró y hay que agradecer, AGRADECE carajo.
Eso es lo que hay que hacer, ¿no?
El inicio del duelo fue muy difícil, lo sabes. Llegar con mi psicóloga y decirle en voz alta «mi bebé murió dentro de mí y tuve que parirlo así, muerto» me quebró. Me hundí en un agujero lleno de asfixiantes preguntas, reproches, dudas, enojo, tristeza, desilusión. Me ahogué en un consultorio de 6 x 6 metros.
Y no te enojes, pero fue idea de Celia, mi psicóloga; el comenzar a decirte en voz alta todo lo que me pasaba en la cabeza, incluso lo malo. Ella dijo que me escucharías tal como un Padre (o Madre) escucha el enojo y reproches de sus hijos, con amor. Y me animé.
¿De verdad necesitaba 3 abortos en mi vida? ¿Qué maldita lección quieres enseñarme? ¿Me amas? ¿Cómo puedes amarme y al mismo tiempo decidir esto para mí? ¿Por qué te los llevaste a los 3? ¿A caso no los deseé lo suficiente? ¿No me cuidé lo suficiente? ¿No les hablé lo suficiente? ¿No te agradecí lo suficiente? ¿A caso no disfruto tanto a mi hijo vivo que tenías que ‘hacerme entender’? ¿Crees que soy mala madre para Leito que tenías que quitarme a su nueva hemanita? Tal vez estas 3 almas venían sólo por un momento para trascender y seguir su camino, entonces ¿Me usaste? ¿Me usaste 3 veces para el mismo desenlace? Dios ¿Te vale que yo sufra? Seguramente pensaste, «Ella es fuerte, seguro puede; mándenle otra alma a trascender a las 13 semanas de haber vivido, ella puede»
No puedo. De verdad no.
Este plan no puede ser una forma de amor, no puede ser posible que sea parte de un amor paterno, no te entiendo Dios. Se supone que tú sabes lo que necesitamos tus hijos, se supone que nos escuchas, se supone que estás de nuestro lado ¿no?¿Quién lo decidió? ¿Tú? ¿Yo? ¿Mis bebés? ¿Quién? maldita sea.
Respira. Exhala. Vuelve a respirar
Si Dios es amor, si realmente tú, Dios, estás de mi lado; si realmente me amas, ¿será que tú no tuviste la idea inicial de que esto sucediera?
Mi psicóloga dijo que tal vez mis bebés decidieron no nacer, que tal vez ésa era su intención desde un inicio por que venían a sanar algo en ellos, en mí o en mi familia. Dios, tal vez te limitaste a aceptar la decisión y estar cerca de mí para contenerme, para darme la mano aunque estuviera enojada, para rodearme de las personas que me llenaran el alma, tal vez no pudiste hacer nada más que estar cerca.
Si ésa es la razón, si mis bebés lo decidieron y tanto tú Dios como yo sólo pudimos ser partícipes de estas dolorosas decisiones…está bien. Si ellos decidieron, lo acepto. Soy su mamá y los ayudaré en lo que necesiten, si debían llegar solo por un ratito, los despido; si eso es lo que necesitaban. Aquí estará su mamá siempre para ustedes, siempre. Les mando un beso con el corazón y los regreso con todo mi amor a la luz, aceptando que por siempre tendré una conexión con ustedes de manera espiritual.
Está bien.
Dios, de verdad espero que haya sido así; por que es la única manera en la que encuentro algo de paz. Pero escucha, aún tengo una pregunta; aunque entienda las posibles decisiones de mis hijos ¿qué hay de mi dolor? ¿Qué pasa con esta mamá que tres veces tuvo que ayudarlos a seguir mientras ella sola se queda con el vacío, el desgarro y la ilusión de toda una vida con ellos que ya no fue?
En meditación nos sentamos juntos ¿recuerdas? y te dije con el corazón todo el dolor que me causaste, todo el dolor que permitiste llegara a mi vida, a mi familia, a mi esposo, a mi hijo ya nacido, a mí. Te lo dije todo sin miedo por que ya no podía más, ya no quería seguir ahogándome en dudas y recelos secretos, y para mi sorpresa soportaste todas mis emociones, mi rechazo, mi desilusión, mi tristeza; y me acompañaste, todo el tiempo. Te sentí y lloré.
Es curioso ver cómo el sol vuelve salir después de una tormenta, más curioso aún sentirlo en tu propia mente. Después de llorar todo el dolor, pude apreciarte Dios. Pude volver a ver el sol a nuestro alrededor. Volví a sentirme rodeada de amor, de luz.
Pude ver el perfecto ser humano que mandaste a mi vida para que sí naciera, mi hijo Leo; vi que salí airosa del proceso quirúrgico, vi mi matrimonio que se volvió más fuerte, vi a mi mamá, mi papá, mis hermanos, mis amigas, mi familia, a todos los que se alegraron conmigo cuando les dije que estaba embarazada y que lloraron conmigo cuando los perdí. Pude ver a todas las mujeres que han pasado por esta misma tormenta y me acompañaron hasta salir. Vi que no estoy sola, que realmente he disfrutado mi vida, pude ver que puedo vivir y experimentar todo al 100%, tanto la alegría como la tristeza, la euforia y el desaliento. Te pude ver a ti, que nunca me soltaste, que siempre estuviste cerca; Dios por fin pude ver que estoy genuinamente agradecida contigo por escucharme, por no alejarte, por que a pesar de todo siempre te sentí cerca.
Creo que ahora entiendo que sí existió amor detrás de todo. Amor entre bebés y mamá, amor entre tú y ellos, amor de ti hacia a mí, amor en esta carta.
Amor al final de cuentas.





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