Tengo una taza peculiar en la alacena de mi cocina. Una taza grande, de tonos verdes y grisáceos, que pesa más de lo que pesan las tazas convencionales, específicamente un 33% más de lo normal. (Sí, lo comprobé) Y sinceramente, no creo que pesa más solamente por ser más grande, más gruesa o de otro material que las demás tazas de mi cocina. Esta taza pesa más, porque viene cargada con una añoranza del momento y la razón del por qué me la regalaron.
Acabábamos de regresar de Seattle, una ciudad muy fría, con cielos nublados la mayoría del tiempo, una ciudad que calienta a sus habitantes con café porque no venden, ni conocen, el atole. (Sí, pregunté) Estábamos de visita por unos días para ver a mi hermano menor, que llevaba trabajando ya varios meses en una empresa de tecnología que tiene oficinas base en esta ciudad desprovista de atole. Sin mucha planeación previa, compramos los vuelos directos gracias a que se alinearon los descuentos y la recién llegada VISA de mis papás, que tanto morían por volver a abrazar a su hijo en la ciudad más grande del estado de Washington, al noroeste de los Estados Unidos.
Esta era la primera vez que mis papás viajaban al extranjero; me sentía curiosa, emocionada y responsable de llevarlos sanos y salvos a visitar al chiqueado de la familia (no tengo pruebas, pero tampoco dudas) Podrás imaginarte la emoción de ellos al ir y ver a su hijo, el más chico, en la ciudad nubosa donde ahora vive y trabaja tan lejos de ellos, de nosotros, de la familia. Era de esperarse que con tantas sensaciones, los ojos de “papás orgullosos” se les nublaran de lágrimas en varias ocasiones mientras estuvimos allá, y la verdad no solo a ellos, a mí también.
La taza vino con una nota de agradecimiento de mi mamá y papá, para mí y mi esposo por haberlos ayudado a lograr ir a ver su hijo siendo feliz, viviendo y trabajando del otro lado del charco, en una ciudad que no es la suya y que ni remotamente se parece, donde probablemente se quede varios años y se nos acreciente la sensación a todos en la familia de que nos falta una pieza valiosa en cada lunes y domingo de comida familiar, en cada cumpleaños y en la inminente Navidad que se avecina en unos días. Esta taza que se envuelve con la imagen del horizonte de la ciudad que no conoce el atole y que retrata perfectamente los cielos brumosos que experimentamos durante nuestra visita, se ha convertido en una de mis favoritas; pero no para tomar el café (o el atole) no eso no. Se ha vuelto mi favorita para admirarla cada mañana cuando abro la fría y blanca alacena de mi cocina. Me encanta verla sobresaliente entre las demás, con sus verdes y grises, con su texto en cursiva con la palabra “Seattle”, con su peso anormal, esperando sin recelarme que no la use para lo que fue creada, si no para admirarla y recordar.
Estoy segura de que mi taza sabe que es la privilegiada, sabe que la dejé en el estante que alcanzo fácilmente y que puedo tomarla si quisiera, pero no lo hago por el pavor que me da romperla. Mi taza sabe que estos días me pesa un 33% más de lo normal el tener a mi hermano lejos, lejos de mí, de mi hijo, de mi hermana, de mi mamá, de mi papá, lejos de estos cielos soleados, del atole en tazas normales, lejos de la cena familiar en Navidad que tan rápido se acerca y que por esta vez, no estará.
P.d. Te amo hermano.





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